Don Giovanni – Mille torbidi pensieri

by Jorge Binaghi (Operayre)

«Con el Colón cerrado no se me ocurrirá ahora, como otras veces, sacar a relucir mis recuerdos (nunca uno totalmente feliz, por cierto, aunque uno se destaca sobre otros) ‘donjuanescos’, pero que los tengo, los tengo. Aunque Génova cumple en homenajear a Mozart con la trilogía de Da Ponte (prácticamente se dan las tres juntas,cada una con dos elencos), sólo tuve la posibilidad de asistir a esta por razones de fechas, entre otras.
Lamento no poder decir que me haya entusiasmado, como a parte de público y crítico, la nueva puesta. Si elegí este título es porque en ese quinteto se materializaron todos los ‘peros’ de esta producción: gestos ‘en cámara lenta’ o de imitación de la estatuaria grecolatina (sin mucha convicción ni sincronía, para colmo, pero puedo entender a los cantantes), una luz permanentemente apagada y mortecina (sólo las escenas del Comendador tuvieron una excelente realización lumínica, al menos), un vestuario horrible y unos cantantes que hacían lo que podían -a veces mucho- para salir del paso. Unas cuantas escenas así a lo mejor son posibles y correctas. Cuando todo es del mismo modo, y salvo el vestido blanco de novia embarazada (horrible también) de Elvira -que lleva a una serie de otras Elviras con ella, que hasta simulan cantar al principio- pone una nota de color, cuando el protagonista está siempre de negro y gris y más parece ir o venir de una discoteca ‘heavy’, aunque en realidad está cansado de todo (y será por eso que pasa mucho tiempo sentado), cuando los campesinos carecen de toda expresión y carácter y están embobados por lo que oyen a través de sus auriculares, y sobre todo cuando Leporello es una rata de alcantarilla con una luz brillante en la frente, y al magnífico palacio del fondo responde en la parte delantera una pared con alambre de púa y grafitos no pompeyanos precisamente, uno se harta o se pone nervioso y se pregunta si las múltiples interpretaciones de la figura de Don Juan se reducen a este estado más o menos superposmoderno (naturalmente hay restos de civilización industrial y una orquesta zaparrostrosa que ni se sabe cómo conoce las partituras de la última escena y por lo tanto todo lo referido al aspecto musical -que es un ejemplo magnífico de metateatro en Mozart- queda desperdiciado).

Aunque a muchos, incluso entre los intérpretes, les ha satisfecho, a mí no. Para nada. Y musicalmente las cosas fueron mejor pero hasta un punto. Julia Jones no dirige mal, pero tampoco bien: sus tiempos languidecen, nada es demasiado brillante ni demasiado trágico (eso sí, cuando se sonoriza la entrada del Comendador -cantado de forma menos que modesta- el barullo es infernal de veras. Entonces justo Don Giovanni tiene que irse a morir a la parte de atrás del escenario: Livermore dice preferir trabajar con cantantes líricos por su capacidad de articular un texto; debería recordar también ponerlos en circunstancia de que lo hicieran con comodidas, visto que él también ha sido cantante y sabe que cantar y actuar no están reñidos pero no son lo mismo. Masetto fue un muy apagado Briante, y de las tres señoras destacó por su fuerza y valentía Komlosi, sin que se pueda decir que vocalmente haya estado estupenda. No hay mezzo (por más que cante Amenris) que esté cómoda en esta tesitura. Y si la hay, este no es el caso, por lo que harían bien en volver a las sopranos (en Italia mismo hay algunas): si el mejor momento dramático fue ‘Mi tradì’ porque no había nada más que Elvira con su dolor en la escena (a Octavio le tuvieron que poner unos angelitos -creo que de la muerte o de la venganza-durante ‘Il mio tesoro’), como canto no ocurrió lo mismo. Pero fue preferible a la pésima Ana de Vassileva que si estuvo atroz en la primera escena para mejorar hasta lo discreto, se derrumbó en una versión consternante de ‘Non mi dir’ (recitativo incluido). En cuanto a Belfiore, los argentinos la han podido juzgar este año en el Colón. La voz es pequeña, descolorida, pero es una cantante musical y esforzada intérprete (parece que es lo que se lleva mucho en varios países; a mí me parece que no basta más que para empezar, y no en primeros teatros). No sé si alguien me puede aclarar su registro; lo que yo oí se parecía más bien a una soubrette (aunque a su lado Jeannette Scovotti era Melba o Sutherland), pero en su repertorio aparecen nombres que yo suelo asociar con mezzosopranos (como últimamente también se hace lo que se quiere con los registros de los personajes….vaya uno a saber). Meli es realmente un cantante muy joven y habrá que seguirlo muy de cerca. Por ahora, no me pareció tan perfecto: hay puntos nasales desagradables, una respiración que no le deja cantar fluidamente las agilidades de ‘Il mio tesoro’, no es un artista (aunque Octavio no sea el mejor rol para juzgarlo) y trata de insuflar vida al más anémico de los tenores mozartianos con el típico error de enfatizar los recitativos y tratar de sacar voz y agudos altisonantes donde no se los requiere (así estropeó la primera mitad de ‘Dalla mia pace’; la segunda fue ejemplar, o lo hubiera sido). Ulivieri es un joven pero ya veterano (el trabajo con Abbado ha dado claramente sus frutos); tiene un timbre penetrante aunque tal vez no de primerísima calidad, bastante personal, dice bien y se mueve mejor, aunque algún agudo ocasionalmente haya sido tensado al límite, y su Leporello fue en todo punto muy bueno. Había visto a Schrott en Florencia en mayo (pueden ir a confirmarlo), y hace un mes lo vi ahí mismo en I Lombardi (lo mismo, además de la entrevista que se acaba de publicar hecha en ese momento). Tenía extremo interés en ver en qué había afectado (o no) Verdi a Mozart (que yo creo compatibles, aclaro). De un teatro más bien pequeño y de prosa como la Pergola florentina al gran escenario y sala del operístico Carlo Felice, la voz se ha desarrollado de modo notable en volumen, manteniendo incólume la calidad de un timbre fascinante (‘signorina’ o ‘Là ci darem la mano’), el dominio del fiato (‘Fin ch’han dal vino’) y ha mejorado los recitativos (apenas quedan restos de la tendencia a hablarlos, en las frases breves intercambiadas con Leporello). En la segunda parte, yo hubiera deseado más seducción(y más media voz) en la ‘Serenata’ y un agudo menos prepotente en ‘Metà di voi qua vadano”, pero supongo que es porque el crítico tiene que encontrarle algo a todos… En cualquier caso, lo que yo no le conocía tanto era la ductilidad para haber dado una visión del personaje que no comparto, que me gusta menos que la de Florencia, pero en la que, o cree porque está convencido o se juega el tipo por responder a lo que el regisseur le pide: como sentido de la responsabilidad artística, más que notable. Espero que al menos el Solís uruguayo pueda contar pronto en algún momento con conciudadano tan ilustre.»

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