Casi una versión de concierto

by Rosa Solà (EL PAÍS)

«El fallo en la maquinaria recién estrenada que, hace 15 días, dejó al Palau de les Arts sin las modernas plataformas sobre las que descansa la escenografía, puso al Don Giovanni previsto para diciembre ante una tesitura complicada: o se eliminaba para esta temporada (como ha sucedido con La Belle et la Bête), o se retrasaba (como se ha prometido con la sesión de López-Cobos), o se hacía de cualquier manera en la fecha prevista. Se optó por esta última solución, quizá la menos costosa políticamente: en dos semanas se ha montado una tarima que cubre parte del foso (hay una fila de músicos que tocan por detrás de los pilares que la aguantan) la cual, unida al breve espacio que antecede al telón, proporciona una estrecha franja (cuatro o cinco metros de profundidad, a lo sumo) para la representación. Detrás, como decorado inmutable, un inmenso panel negro (con algunas puertas y ventanas), ocultaba el desastre ocurrido en la caja escénica.

Con tales mimbres no cabía esperar maravillas, a pesar de las declaraciones de Jonathan Miller en torno a sus logros sobre teatros en ruinas. Pero sí un poco más de imaginación. No podía evitarse, probablemente que el coro, y hasta Lorin Maazel, tuvieran que salir a escena por las mismas puertas que utiliza el público para entrar en la sala. Sin embargo, algo se hubiera podido hacer para crear ambientes diferentes, incluso con un mismo decorado. En el dilatado transcurso de la ópera, la iluminación -en ese campo no había nada estropeado-, prometida por Miller como “alternativa” a las deficiencias escénicas, sólo varió, levemente, en un par de momentos. También podía haberse explorado, quizá, el hoy en día utilizadísimo recurso de las proyecciones. Cualquier cosa, en fin, para lograr cambios de clima, en lo que respecta a la escena, desde el asesinato del padre de Donna Anna hasta la serenata de Donna Elvira, pasando por el cementerio, la mansión de Don Giovanni y, sobre todo, el hundimiento de éste en los infiernos, metafóricamente simbolizado el sábado por unas pálidas y virginales ánimas que se lo llevaron, sin pena ni gloria, por una puertecilla lateral. Cabría también hablar de los aspectos en que la escena debe ayudar a la traducción del estado anímico de los personajes. Ciertamente, 15 días son muy pocos para improvisar todo ello, pero si no se podía hacer más de lo que se ha hecho, quizá hubiera valido la pena no empecinarse con el seguir a toda costa dando como ópera, lo que fue, de tapadillo, una versión de concierto de las que se califican como “semiescenificadas”. Disimulada, eso sí, con un bonito vestuario de Clara Mitchell.

Lo que salvó el espectáculo, como tantas veces sucede en la ópera, fueron la música y las voces. Al igual que en La Bohème anterior, y a diferencia del Fidelio que abrió la temporada, se jugó con voces jóvenes en su mayoría, con muy buena materia prima, pequeños fallos sólo hilando finísimo en los requerimientos del canto mozartiano, y capacidad para actuar en el exiguo espacio del que disponían.»

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