Don Juan en el nuevo teatro de Valencia

by Jorge Binaghi (Operayre)

«El nuevo teatro de Valencia, que hace parte de un más ambicioso y vasto complejo, es un enorme edificio, algo faraónico e intimidatorio, con una sala principal de 1800 asientos y una de cámara. Estrenado con prisa hace exactamente un año, ha empezado a funcionar a ritmo normal hace unos tres meses, con Fidelio . A este título siguió La bohème , y allí se produjo el percance técnico que obligó a cancelar algunas funciones. Una de las plataformas giratorias, o escenarios, sufrió un deterioro en el mecanismo y al foso de la orquesta, vacío por fortuna, fueron a parar los decorados y por suerte nadie más. Mientras este Mozart, que ya había conocido modificaciones y debates por la puesta y por los roles atribuidos a algún cantante, se desarrolló en el proscenio, se dice que ahora proseguirá la temporada con un solo escenario fijo.

De momento, la sala tiene buena visibilidad y acústica algo unidireccional, y como todas las nuevas resulta un tanto impersonal, aunque cómoda.

En cualquier caso, desde mi punto de vista, lo importante es el producto que se ofrece,más que el marco en sí o el acondicionamiento ultramoderno (de poco sirven si lo que se da no resulta interesante).

La nueva puesta de Miller, que no tiene casi decorados, repite, cuando presenta alguna idea, su ya antigua régie (que se vio hace dos años, luego de unos quince, en Florencia). Por ello, si algún intérprete se destacó, se deberá imputar más bien a cualidades personales que al trabajo del director. Si es verdad que impuso que los recitativos se dijeran en forma hablada, hizo un flaco favor a los cantantes que lo siguieron (no todos lo hicieron) y a Mozart.

Lo mejor fueron los trajes. El coro se desempeñó bien en su no muy largo cometido y la orquesta parece realmente buena en su conformación. Lástima que Maazel no parece ser un director para óperas de Mozart, o al menos para esta. Empezó como Beethoven, siguió a ritmo lento y más bien triste, lento y monótono casi todo el tiempo, y tuvo uno que otro momento interesante hasta que llegó la escena final, que fue la única que tuvo una lectura teatral, tal vez excesivamente dramática. Supongo que es suya la idea peculiar de doblar el continuo sumando al clave un violonchelo absolutamente fuera de lugar y que tampoco parecía muy compenetrado con esa labor. Los desencuentros con Zerlina en sus arias se debieron seguramente a que la cantante intervenía por primera vez en el espectáculo, y se salvaron por la experiencia del maestro, pero también a tiempos que convirtieron a los dos momentos en eternos, como también retiró la sensualidad a ‘Là ci darem la mano’. De paso, Fontosh cantó correctamente pero sin imaginación ni peculiar brillo aunque por suerte es una soprano y no una mezzo. Lo mismo, en cuanto a la tesitura, ocurrió con la Elvira de Damato, una soprano interesante y de medios importantes que todavía debe seguir perfeccionando (la emisión del agudo no es siempre segura y los graves suenan opacos), aunque durante la función –era su primera intervención también- fue progresando. Como intérprete es más bien convencional y seguramente en otro repertorio lucirá más.

Lo mismo será quizá también verdad de la otra ‘doña’. El nombre de Poplavskaia se conoce por su intervención como protagonista de La Juive en Londres, y las características de su voz generosa tendrán tal vez mejor ocasión de explayarse que en Mozart, pero aquí, muy aplaudida, y con un italiano perfeccionable, hizo una primera escena y un ‘Or sai chi l’onore’ sorprendentes por caudal e intensidad (no así el recitativo precedente, del que poco se entendió) y se las arregló muy bien con los temibles agudos en pianísimo,aunque allí se advirtió el origen de su escuela, y si bien cantó muy bien la segunda aria, el trino resultó más imaginario que real.

Francesco Meli fue su Octavio. Ha mejorado técnicamente con respecto a su interpretación en Génova hace un año, pero la voz es ahora más decididamente lírica y menos flexible. No obstante administró su fiato de manera loable y el único momento en que tuvo que detenerse, en ‘Il mio tesoro’, debe imputarse, de nuevo, al tempo imposible que le impuso Maazel. Intenta hacer de su personaje ‘todo un hombre’, pero me parece que se le va un tanto la mano (y su interés por Elvira parece desplazado).

Vaneev, con una voz menos oscura que otras veces, sin esforzarse mucho, hizo un excelente Comendador, muy imponente. Mucho más no se le puede pedir a nadie que interprete este personaje.

Di Pierro fue un excelente Masetto. Se mueve y dice bien, aunque me llama la atención que se lo defina ‘bajo’ y que entre sus papeles aparezca ‘Colline’. Yo he escuchado un barítono, y no muy oscuro, y a sus 22 años tal vez le convenga más ‘Schaunard’ para quedarnos en la misma obra. Si evoluciona hacia el registro más grave, siempre estará a tiempo de ‘profundizar’.

Vinogradov es un bajo cantante no muy imaginativo ni de timbre particularmente atractivo: lo primero es más importante para Leporello. Tal vez era su primera ocasión, pero en cualquier caso no resultó muy gracioso (él también tuvo algún problema con el italiano) y pareció muy pendiente de hacer lo que se le decía (y como no parece haber sido ni mucho ni muy novedoso…). ‘Madamina’fue tan correcta como desteñida.

Lo que nos lleva al protagonista. Schrott ha cantado este papel seis veces en seis producciones distintas y contarapuestas en poco más de un año (puede que se me escape alguna; con esta vez, le he visto cuatro). La voz parece haberse hecho más grande desde la última vez que lo escuché (en el mismo papel y en el San Carlo de Nápoles, que es un teatro más grande y de acústica imbatible). El papel no parece reservarle demasiadas sorpresas ni tener aún secretos, pero, como el artista inquieto y completo que es, continúa buceando en él. Su carisma es innegable y cada vez más fuerte: aparece en la escena y los ojos van a él porque se advierte que ahí va a ocurrir algo interesante. Sigo sin estar de acuerdo con la tendencia a ‘decir’ los recitativos (esta vez los empezaba hablando para pasar luego al verdadero ‘recitado’ en algo que me parece una complicación innecesaria y que no da mayor ni diferente dimensión al personaje ni a la obra), pero pocas veces he oido semejante carga sensual en ‘Là ci darem la mano’, frenada también por el dichoso tempo, como le ocurrió también con la despreocupación y ‘la furia de vivir’ que hay, y que el artista daba claramente, en ‘Finch’han del vino’. Su versión de la serenata resultó superior a anteriores por un mejor dominio de la media voz, y tanto la escena del cementerio como la final son, desde el vamos, uno de sus fuertes por intensidad, emoción, ironía y dominio escénico. Habría que destacar su ‘Metà di voi qua vadano’y el final del primer acto por la propiedad del acento, la pastosidad del timbre, su homegeneidad y extensión y la posibilidad de aligerarlo…Sólo se me ocurre que, pasado el año Mozart, y sin dejar a este autor fundamental para la voz, alterne más al amo con el criado y dé más lugar a Figaro (no lo veo aún para ‘Alfonso’ de Cosí , y ‘Guglielmo’ es demasiado claro, aunque no le ofrecería, creo, problemas…)Sigo creyendo que, dentro de esa categoría ambigua de bajobarítono, por color y ‘naturaleza’ su voz se acerca más al primero que al segundo, aunque la extensión en el registro agudo no le ofrece problemas…»

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