Interview with Erwin Schrott

by — (Levante)

«– Usted ganó Operalia (primer premio masculino y premio del público) en Hamburgo el año 1998. ¿Qué hay antes de Operalia?
-Uf, muchísimas cosas. Se podría decir que me habían adoptado como el bajo-barítono en el circuito formado por Montevideo, Buenos Aires, Santiago de Chile y Río de Janeiro, y también trabajé mucho con la Orquesta Sinfónica de Porto Alegre. …

– ¿Fue Operalia su vía de entrada en Europa?
-El primer salto fue a los Estados Unidos. En el 96 hice en Washington una audición para Plácido Domingo, que enseguida me ofreció el Dulcamara de L’elisir d’amore.

– ¿No era muy joven para ese papel?
-No, no, para nada. ¿Dónde está escrito que Dulcamara tiene que ser viejo? Hicimos un Dulcamara joven, pícaro, donjuanesco, con mucha fuerza.

-¿Y cómo decidió presentarse a Operalia?
-Me lo ofreció Plácido, pero, ¿sabe?, yo no estaba muy seguro al principio.

– ¿Por qué?
-Tenía mis escrúpulos morales. No me acababa de parecer justo que yo, que ya me estaba ganando la vida cantando compitiera con gente que quizá no había debutado todavía.

– ¿Y qué resolvió el dilema?
– Tres cosas: la idea de que estaba en la edad justa para presentarme, que me lo ofrecía Plácido Domingo y la promesa que me hice a mí mismo de que, me fuera como me fuera, aquel sería el último concurso.

– ¿Y no era cualquier concurso.?
– Desde luego que no. Aparte lo que tiene de, digamos, vidriera en la que todo el mundo te ve, está el contacto con Plácido Domingo. Y de su esposa Marta. Ambos tienen el don de saber dar el consejo justo en el momento justo.

– ¿Y también estudió con Mirella Freni? …
– No exactamente. Con Mirella tuve la oportunidad de cantar La bohème en el Colón de Buenos Aires. Ella tenía sesenta y siete años, pero parecía una princesa de veinte.

– ¿Y Ruggero Raimondi? ?…
– También. Pero con Ruggero yo nunca hablé de técnica. Sí y mucho de interpretación, pero no de técnica.

– Su fama de cantante no es menor que la que tiene como actor. ¿Es espontánea o estudiada?
– No, de espontánea nada. Es hiperestudiada. Sin perder nunca la espontaneidad, porque dentro, en el fondo, siempre ha de quedar un fueguito de espontaneidad, pero cada movimiento, cada gesto está muy estudiado. Pasar por el Actor’s Studio

– ¿Prepara específicamente esa faceta?
-Sí, claro. En Buenos Aires y Montevideo tengo un grupo de buenos amigos actores, con los que me reúno periódicamente. Y cuando estoy en Los Angeles, también suelo pasarme por el Actor´s Studio como oyente.

– ¿Y cómo hace?
-En casa discutimos papeles dramáticos, aunque no roles operísticos. Para Don Giovanni, por ejemplo, lo que trabajamos es Molière, o Tirso de Molina. Es decir, lo que me interesa entonces es el carácter del personaje, sus matices teatrales… -Ha mencionado el Actor´s Studio. ¿Sigue usted como actor el “método” de Stanislavski?
– Sí, por supuesto. Esa es nuestra línea.

– Eso supone una fusión entre la vida y el trabajo no muy habitual.
-Pero es que este trabajo, tal como yo lo concibo, ha de ser así, casi como un juego. Muy serio, por descontado, pero un juego en el que sobre todo, para hacerlo bien, uno se ha de divertir. Si no, no vale la pena, y además sale mal.

-Para usted, que ha hecho todos los personajes masculinos de Don Giovanni salvo Don Ottavio… ?
-No crea, me lo estoy planteando [Risas].

-Perdone, pero lo veo difícil… ¿Cómo se ve la vida siendo Masetto?
-Desde Masetto la vida se ve con mucho sufrimiento. A él le tocan, le invaden muchos espacios, sensaciones, colores que a mí como ser humano no me gusta que me toquen: mis derechos, mis libertades y principalmente mis espacios. Y se ha de cantar muchas veces con los dientes apretados. Pero lo interesante es construir ese personaje desde dentro.

-¿Y Leporello?
-Leporello admira a Don Juan como a su jefe triunfador, del que presume ante los amigos y detrás del cual va tratando de aprovechar las migajas que caen, como se ve literalmente en el final. Él es más inteligente que su amo (tiene algo de Mefistófeles), pero no tiene ni el derecho ni el valor de afirmarse.

-Finalmente, Don Giovanni. Bueno ¿Don Giovanni o Don Juan?
-Don Juan, sin duda. Mi favorito es el de Molière, pero es un personaje que nunca deja de cambiar. Más cuando uno trabaja, por ejemplo, con maestros como Lorin Maazel, capaz de enriquecer la obra y el personaje con un pequeño pero profundo detalle…

-Intuyo que para usted Don Juan persigue en la vida algo más que un catálogo de mujeres conquistadas.
-Por supuesto. Cuando va al cementerio, por ejemplo, dice que hace muy buena noche para ir a buscar muchachas, pero de pronto se detiene y se pregunta casi en un susurro y casi sin interrogantes «¿Es tarde?» ¿De dónde viene esa pregunta?

-Usted cantó el aria de Escamillo en Carmen en la inauguración del Palau de les Arts el año pasado.
– Fue una impresión tremenda. Figúrese. Yo venía de Italia, donde acababan de recortar por la mitad los fondos públicos para cultura y espectáculos, y llego a Valencia, donde de pronto se montan una megainauguración de un megaedificio… Me pareció alucinante.

-¿ Está tan fascinado como veo?
-Es mágico. Sucede como si hubiera hecho un viaje en el tiempo…veo la Vall d’Albaida en el siglo X.. Yo me emociono.

– ¿Conocía usted Valencia de antes?
-Yo de Valencia había sentido hablar de sus muebles, de la luna de Valencia, de la paella, de la belleza de las mujeres y de la gran escuela que ustedes tienen de instrumentos de viento. Y de repente me llega esta bomba, esta bestialidad que hicieron acá, justamente cuando estaba todo el mundo quejándose. Acababan de cerrar el Metropolitan de Nueva York durante doce días, Covent también tenía problemas y en Viena había un déficit tremendo. Y, de pronto, aquí empiezan a hacer una fiesta con veinte mil fuegos artificiales y trayendo a gente como Lorin Maazel, Zubin Mehta, Roberto Alagna, Angela Georghiou… Fue toda una sorpresa.

-Por desgracia, el escenario no se ha mantenido.
-Sí, pero la caída del escenario hay que tomársela como que no es más que una puerta que se nos abre para que entre el milagro que se va a producir en cada una de las funciones.

– No comprendo.
-Quiero decir que algo que empezó tan mal sólo puede ir a mejor. Y el trabajo que se ha hecho ha sido tan estupendo que la explosión hacia abajo tiene ahora que convertirse en una explosión hacia arriba.

-¿Es la primera vez que se encuentra en una circunstancia así?
-No, claro que no. Accidentes como este pasan en todos los teatros del mundo. En Covent Garden tuvimos que hacer un segundo acto de Don Giovanni a telón bajado porque se había producido un fallo técnico. Y Covent Garden ha de sentirse orgulloso por haber tenido un cast de cantantes que hizo de aquella la mejor función de once que se ofrecieron.

– ¿Cómo va a ser la escena?
-Una media luna en torno al foso, más un metro o así por detrás cuando se levante el telón cortafuegos.

-Entonces van a cantar desde el proscenio.
-Sí, básicamente sí. Pero promete bien. Y el cast es buenísimo. Hay un par de voces muy grandes y otras no tanto, pero todas bellísimas. Va a salir muy bien, seguro.»

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