A S.K y E.S., y viceversa

by Jorge Binaghi (Mundoclasico.com) – 19/01/2007

«No conseguir acreditación para una función puede tener su aspecto positivo. Pese a representar a más de un medio (entre ellos éste), tuve que agradecer incluso conseguir una entrada buena a un ‘buen’ precio.

Pero eso lo libera a uno de hacer la crítica, esa situación en la que fatalmente se sienta con la vara de Beckmesser porque eso es lo que se espera, o lo que uno supone que se espera. Le queda, en cambio, la oportunidad de formar parte del ‘gran público’ y procurar disfrutar o divertirse, o cualesquiera de las múltiples causas que hacen que una persona pague -poco o mucho- por ver una ópera. Le queda, peligroso ejercicio al que uno se entrega siempre cuando tiene una cierta edad, la posibilidad de darse cuenta que ha perdido la espontaneidad o la frescura de las primeras veces, aquellas que por eso mismo considera inolvidables o entrañables, y porque, al margen de algunos hechos artísticos mayores indiscutibles, tiene que ver con un momento de juventud en el que se compartían ilusiones y gustos -incluso defendidos con ardor- con personas que han sido importantes en la vida de uno y, por una u otra razón, natural o no, forman parte también del recuerdo.

Con un título tan justamente amado y representado como Le nozze di Figaro, la operación puede ser compleja y riesgosa, aun siendo ‘gran público’…. Recuerdo hace muchos años, cuando yo era aún joven, salir de una Tosca con la sensación de haber visto simultáneamente dos funciones, y la que menos recordaba era la que realmente había presenciado… O aquel señor del Met que salió dando un bufido después del primer acto de Bohème y diciendo casi a los gritos y con la voz rota por la emoción y la indignación “Give me…” (y aquí el lector ponga alguno de los nombres míticos que quiera, sobre todo si los ha visto en la parte).

Como Mozart es más difícil que Puccini aunque se lo suele cantar mejor (o no tan mal), todos los del público tenemos nuestra versión preferida, de disco, video, dvd y algunos conservamos recuerdos imborrables….En lo personal, tengo siempre tres funciones -nunca he visto una totalmente lograda; creo bastante difícil conseguirlo- que me estropean el disfrute, pero no pienso decir cuáles porque no es relevante para lo que sigue.

Cuando uno se pregunta para qué ha pagado una entrada y si no era mejor quedarse con las ganas, e irse a dar una vuelta y cenar algo en una Viena más otoñal que invernal, la situación es personalmente mucho más seria que cuando va ‘de crítico’. Cualesquiera hayan sido los defectos y virtudes de esta representación concreta del 9 de enero, y sin entrar en los mayores o menores méritos de los demás intérpretes que la tuvieron a su cargo, la justificación queda sobradamente dada por ‘Fígaro’ y ‘el Conde Almaviva’. Son muy buenos, excelentes.

No tiene sentido preguntarse si son los mejores que ha visto uno, si son los mejores en absoluto incluyendo versiones conocidas de memoria, o si son simplemente hoy los mejores para las respectivas partes: además de los olvidos o las negligencias culpables, uno puede ignorar la existencia de otros cantantes casi o igualmente valiosos que estos, y por suerte no está de crítico. Incluso puede decirse que en este o en aquel momento, como pasa en las representaciones y en la vida, esos mismos intérpretes podían haber dado algo más o mejor porque se encuentran en condiciones objetivas de hacerlo.

¿Qué es lo que los hace ‘grandes’, ‘importantes’, ‘interesantes’? Hay muchos cantantes con excelente técnica, buena dicción, conocimiento del estilo, presencia natural y desenvoltura escénica. Estos, sin embargo, sorprenden al espectador blasé en que uno se va convirtiendo inevitablemente, con una inflexión, una frase, y a la sorpresa inicial sigue la reflexión admirativa (¿Cómo? Esto nunca había sonado así, y uno, animal de costumbres, se encuentra descolocado, pero no irritado: advierte de inmediato que aquí no hay narcisismo o voluntad snob de ‘sorprender’, que es lo que muchas veces se hace pasar -no sólo en nuestros días- por ‘gran arte’).

Estos señores, que han hecho sus estudios, que han trabajado, que no cantan los roles por primera vez, simplemente no han entrado en la rutina. Ni siquiera en la de lujo de algunos ‘grandes’, que a veces, en su mejor momento, dan (o daban) lo que se les pedía y podían sin preocuparse más. Se advierte que aman su oficio, que sus personajes les interesan, que esa música significa para ellos mucho más que fama y dinero, y que sienten la obligación, porque están capacitados, no sólo de hacerlo lo mejor posible -cosa que ya sería un gran mérito- sino de seguir buceando, investigando en un gesto, una palabra, una agilidad…

Por lo cual, sin ser ninguno de los dos italiano, tienen un italiano irreprensible y clarísimo y saben exactamente qué están diciendo a cada momento. Un Conde neurótico, vanidoso pero en el fondo no mala persona (cuando pide ‘perdono’ al final, uno sabe que Rosina está condenada a dárselo… Lo mismo que uno se ríe de sus desvaríos amorosos en el primer acto), que no sólo canta en todos los momentos en que le corresponde de modo que se advierte que él está ahí, y lo que hace, y piensa, y dice, cuenta y va a pasar. Quien no lo haya visto perderá ese gesto de supremo desdén que es la bofetada retenida cuando, en el tercer acto, Figaro tiene una actitud insolente. Pero, si hubiera una grabación (que no), no se perdería algo más importante: el hecho de que en un recitativo soberbio (‘Hai già vinta la causa?’) soberbiamente interpretado, el momento culminante sea la frase final, que es de lo más convencional que se dice en una ópera cómica (‘il colpo è fatto’), que define perfectamente la psicología del personaje y justifica la subsiguiente y dificilísima aria. Confieso que me quedé boquiabierto (además, por la intensidad y la belleza del sonido, que están para decir algo y no por sí mismos).

Pero resulta que el camarero se las traía también. Desde las ‘medidas’ iniciales (tomadas sobre Susanna) a los juegos con Cherubino en ‘Non più andrai’, o a un “piano piano” en ‘Se vuol ballare’ (tan ‘piano’ que el maestro habría debido escucharlo un poco más), a la desesperación bien real de un enamorado que se cree traicionado y casi literalmente escupe su rencor en ‘Aprite un po’, no sólo hubo un sonido homogéneo, pastoso (‘a la Siepi’, sin ser en absoluto una copia), un fiato controladísimo, sino alguien que es un desclasado (se sabe noble, pero no puede probarlo) y se ha visto obligado a sobrevivir como subordinado de sus pares por origen, que no por inteligencia, a fuerza de intrigas, ingenio y desfachatez -y qué desfachatadas son sus mentiras en el segundo y tercer actos-, cuánto conoce el valor del dinero gracias a la deuda que lo persigue…Y cuando uno no se lo espera, de nuevo, el orgullo y el resentimiento explotan…Si el Conde le quiere dar una bofetada y se reprime es porque sabe -a su pesar- que la insolencia tiene su razón: ‘Perchè no?’ es un pistoletazo, un grito seguido de una afirmación orgullosa “Io non impugno mai quel che non so”.

Sobre la dialéctica del amo y el esclavo, Da Ponte y Mozart eran más claros e intuitivos que Hegel. Y como entre estos dos señores del canto y de la escena parece haber buena química, como puede verse justamente en una reposición de una vieja puesta en escena (todo hay que decirlo, maravillosa en su origen) que en estos casos no suelen ensayarse, habría al menos ya otra posibilidad de combinación explosiva de talento, trabajo e inteligencia, que son, claro ‘Don Giovanni’ y ‘Leporello’. Sin dejar de esperar para un futuro no muy lejano -si no, vaya a saber si podré verlo- que el uno pueda pronto estar en condiciones de afrontar a un ‘Filippo’ para tener enfrente al ya extraordinario ‘Posa’ del otro.

El gran cantante lírico hoy, como el de siempre, es aquél que concita el interés por lo que hace, ya sea nuevo o conocido: cuanto más conocido mejor, porque tiene que asumir la tradición, que debe conocer, al tiempo que hace revivir el interés por un personaje otorgándole un ángulo distinto. A eso va unido el riesgo y la responsabilidad enormes de su magnetismo. No parece por suerte este el caso de que, en virtud de una personalidad de ‘animal escénico’ (lo son, en el mejor sentido del término), haya que ‘pasar por alto’ características vocales ‘peculiares’. O uno que no puede ‘olvidarlas’ nunca no estaría perdiendo el tiempo en escribir esto.

Ah…Il nome ancora? Están en la dedicatoria, que quiere ser simplemente un agradecimiento no sólo por no haber perdido tiempo y dinero, sino por haber vuelto a experimentar la fascinación de Mozart y Da Ponte como la primera vez, mejor que la primera vez. El orden de los factores no altera el producto. Simon Keenlyside y Erwin Schrott, o Erwin Schrott y Simon Keenlyside. As you like it

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