El burlador y los burlados – Don Giovanni @ROH, 23 de junio 2007

by Jorge Binaghi (Operayre)

«A Francesca Zambello, de su lejana y controvertida Lucia en el Met, y de su gran éxito de Guerra y Paz en la Bastilla , parece haberle quedado una especie de ‘horror vacui’ crónico y la idea de que mientras el público vea mucha gente en la escena va a estar contento.

Esa vistosa Macarena a la que el protagonista le pide ayuda en sus empresas amorosas y que preside todo el exterior del primer acto, la orquesta de señoritas con un ligero sabor a Una Eva y dos Adanes pero menos irónica, que aparece puntualmente en el último cuadro del primer acto y en el del final, los acompañantes de Elvira y de Zerlina y Masetto (cuyo ritual parece ser consumar el acto marital en un lecho de paja rodeado de campesinos tras cantar ‘Giovinette che fate all’amore’), los criados de doña Ana, etc…Seguir es cansador, no sirve al lector, no sirve a nada en realidad. Cuando en el segundo acto del muro exterior pasamos al interior, no sé si es para hacer entender que los nobles decadentes sólo cuidaban la apariencia, hay unos muros pobres y maltratados. Muy espectacular la aparición de la estatua del Comendador, con mucho fuego por todos lados (me temo que el gran aplauso del público al caer don Juan en los infiernos se haya debido en parte a esos efectos más que a la soberbia interpretación de Schrott y Hagen en ese momento, y esa es la primera gran objeción que en el fondo me provoca este ‘espectáculo’: que con el pretexto de las técnicas y del ‘arte total’ y no sé cuántas historias, todo queda en el mismo plano y todo termina siendo banalizado).

Ivor Bolton dirige bien. Y punto. Hay tiempos que no son lo que deberían ser, la obertura parece más larga que de costumbre, el aspecto irónico queda subordinado por la sonoridad omnipresente y omnipotente de los metales. En la misma línea, el acompañamiento de ‘Vedrai carino’ es tan poco sensual y brillante como la interpretación de Sarah Fox, otra soprano que da el tono de lo que nos puede esperar dentro de poco: gran corrección y punto: timbre anónimo, italiano más o menos bueno, pulcritud aséptica..y bastante aburrimiento, al menos para mí (salió mejor ‘Vedrai carino’). La presencia de Murray en don Octavio no ayudó: es otro buen elemento,pero que debe resolver algunos problemas de fiato y de legato en un papel que, por suerte, le pide muy poco como actor, pero ya en ‘Dalla sua pace’ hubo algún problema que se agravó, naturalmente, en ‘Il mio tesoro’.

Hagen estuvo muy bien al final, pero menos al principio. No sé, ya que el Comendador es parte tan importante como breve, si eso quiere decir algo más que el hecho normal de que la voz esté más frío al principio de una representación. Rose fue un Masetto que hizo buena pareja con su Zerlina, aunque quiso demostrar que tenía voz (la tiene; aquí no se trata, principalmente, de eso). Martínez fue una Elvira que deja perplejos: por momentos parecía una mezzo, la voz totalmente engolada, poco agudo, poca agilidad; en el segundo acto mejoró por suerte y sobre todo en el aria (los aplausos parecían indicar que uno se encontraba en presencia de Schwarzkopf, pero no es en absoluto así). Ketelsen es simpático y un buen ‘Leporello’ en lo vocal y escénico: hace todo lo que se sabe que va a hacer, y lo hace bien, sin la menor sorpresa, y con una voz muy baritonal (la más baritonal que he escuchado en la parte, y no sé si es exactamente lo que conviene).

La diva del momento, esa que aparece en los programas del teatro anunciando no me acuerdo qué producto de lujo, cantó tras haber cancelado alguna función. Conozco y valoro a Netrebko desde que estaba en las giras del Mariinski y la recuerdo cuando mostraba una voz pura y transparente y un canto ejemplar, y en el Met nadie le hacía especial caso. Ahora constato lo que los discos y demás soportes me indicaban: la voz se ha agrandado, pero ha perdido el timbre cristalino y flexibilidad, y sobre todo ha desarrollado un centro poderoso y un grave excesivo. Eso habría hecho esperar un gran ‘Or sai chi l’onore’, pero no fue así. Con un recitativo lentísimo que desarticuló todo el drama, con agudos calantes al principio y al fina del mismo y del aria, y un fiato más bien corto, hubo que esperar al trío de las máscaras y al aria final (donde exhibió sus mejores cualidades, entre las que no se encuentra el trino, y el pianísimo en agudo del recitativo suena metálico) para intentar comprender en qué reside el fenómeno. Por supuesto es muy bonita, joven y buena actriz y muy simpática.

Schrott se ha prácticamente apropiado del protagonista en Europa y va camino de hacerlo en Estados Unidos. La voz está cada vez más bella y potente (la escena con el Comendador y en el cementerio –convertido en especie de iglesia por Zambello, con muchos figurantes- lo ponen de relieve), dice los recitativos menos hablados –como era antes su tendencia- exhibe en la serenata y en otros momentos del segundo acto medias voces seductoras y trata de seguir buscando nuevos matices en el personaje. Algo extraordinario y que merece el aplauso, pero con una salvaguardia: no extralimitarse. Y eso es lo que creo que pasó en buena parte de los recitativos por exceso de silencios ‘intencionales’, por una constante búsqueda de complicidad con el público –que estaba encantado- y una ruptura de la realidad escénica (se subió a un palco para declamar ‘le donne poi che calcolar non sanno’, lo interrumpió ante las carcajadas del respetable, y lo retomó) a base de algunos gestos extraños que hacen aparecer al noble como un jovencito que va hacia un lado u otro dejándose llevar y casi en compinche de su servidor. Pero don Giovanni es un noble de rancio abolengo y no le sientan gruñidos y rugidos. El que burla es él; los burlados son los otros (y en esta puesta, en la que aparece casi desnudo en el Infierno con una joven en brazos más, pese a la moraleja). Y así, en ‘Là ci darem la mano’, que sigue siendo el fragmento que más se le resiste –creo que por exceso de vitalidad- no logró hacer los pianísimos (la seducción de un noble) que menos de una hora después haría tan bien en el otro intento frustrado de seducción. Nuestro querido vecino de la otra orilla es lo que se suele llamar un ‘animal de teatro’ y es difícil que haga dos funciones iguales. Esta vez me pareció, en conjunto, más desequilibrado el resultado que otras, lo que no deja de ser paradójico si se piensa que vocalmente quizás haya sido de las mejores (la ‘Serenata’ fue la mejor que le recuerdo) y que en dos años y pico lo he visto en cinco puestas diferentes (sin contar su ‘Leporello’ en Viena, que es otro papel que debería interpretar más a menudo). Pero, si bien se mira, a excepción de él y de algún momento de Netrebko, no era esta una función como para echar las campanas al vuelo.»

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