Archive for the Reviews 2005 Category

Don Giovanni – Mille torbidi pensieri

Posted in Reviews (all), Reviews 2005 on December 31, 2005 by Giorgia

by Jorge Binaghi (Operayre)

«Con el Colón cerrado no se me ocurrirá ahora, como otras veces, sacar a relucir mis recuerdos (nunca uno totalmente feliz, por cierto, aunque uno se destaca sobre otros) ‘donjuanescos’, pero que los tengo, los tengo. Aunque Génova cumple en homenajear a Mozart con la trilogía de Da Ponte (prácticamente se dan las tres juntas,cada una con dos elencos), sólo tuve la posibilidad de asistir a esta por razones de fechas, entre otras.
Lamento no poder decir que me haya entusiasmado, como a parte de público y crítico, la nueva puesta. Si elegí este título es porque en ese quinteto se materializaron todos los ‘peros’ de esta producción: gestos ‘en cámara lenta’ o de imitación de la estatuaria grecolatina (sin mucha convicción ni sincronía, para colmo, pero puedo entender a los cantantes), una luz permanentemente apagada y mortecina (sólo las escenas del Comendador tuvieron una excelente realización lumínica, al menos), un vestuario horrible y unos cantantes que hacían lo que podían -a veces mucho- para salir del paso. Unas cuantas escenas así a lo mejor son posibles y correctas. Cuando todo es del mismo modo, y salvo el vestido blanco de novia embarazada (horrible también) de Elvira -que lleva a una serie de otras Elviras con ella, que hasta simulan cantar al principio- pone una nota de color, cuando el protagonista está siempre de negro y gris y más parece ir o venir de una discoteca ‘heavy’, aunque en realidad está cansado de todo (y será por eso que pasa mucho tiempo sentado), cuando los campesinos carecen de toda expresión y carácter y están embobados por lo que oyen a través de sus auriculares, y sobre todo cuando Leporello es una rata de alcantarilla con una luz brillante en la frente, y al magnífico palacio del fondo responde en la parte delantera una pared con alambre de púa y grafitos no pompeyanos precisamente, uno se harta o se pone nervioso y se pregunta si las múltiples interpretaciones de la figura de Don Juan se reducen a este estado más o menos superposmoderno (naturalmente hay restos de civilización industrial y una orquesta zaparrostrosa que ni se sabe cómo conoce las partituras de la última escena y por lo tanto todo lo referido al aspecto musical -que es un ejemplo magnífico de metateatro en Mozart- queda desperdiciado).

Aunque a muchos, incluso entre los intérpretes, les ha satisfecho, a mí no. Para nada. Y musicalmente las cosas fueron mejor pero hasta un punto. Julia Jones no dirige mal, pero tampoco bien: sus tiempos languidecen, nada es demasiado brillante ni demasiado trágico (eso sí, cuando se sonoriza la entrada del Comendador -cantado de forma menos que modesta- el barullo es infernal de veras. Entonces justo Don Giovanni tiene que irse a morir a la parte de atrás del escenario: Livermore dice preferir trabajar con cantantes líricos por su capacidad de articular un texto; debería recordar también ponerlos en circunstancia de que lo hicieran con comodidas, visto que él también ha sido cantante y sabe que cantar y actuar no están reñidos pero no son lo mismo. Masetto fue un muy apagado Briante, y de las tres señoras destacó por su fuerza y valentía Komlosi, sin que se pueda decir que vocalmente haya estado estupenda. No hay mezzo (por más que cante Amenris) que esté cómoda en esta tesitura. Y si la hay, este no es el caso, por lo que harían bien en volver a las sopranos (en Italia mismo hay algunas): si el mejor momento dramático fue ‘Mi tradì’ porque no había nada más que Elvira con su dolor en la escena (a Octavio le tuvieron que poner unos angelitos -creo que de la muerte o de la venganza-durante ‘Il mio tesoro’), como canto no ocurrió lo mismo. Pero fue preferible a la pésima Ana de Vassileva que si estuvo atroz en la primera escena para mejorar hasta lo discreto, se derrumbó en una versión consternante de ‘Non mi dir’ (recitativo incluido). En cuanto a Belfiore, los argentinos la han podido juzgar este año en el Colón. La voz es pequeña, descolorida, pero es una cantante musical y esforzada intérprete (parece que es lo que se lleva mucho en varios países; a mí me parece que no basta más que para empezar, y no en primeros teatros). No sé si alguien me puede aclarar su registro; lo que yo oí se parecía más bien a una soubrette (aunque a su lado Jeannette Scovotti era Melba o Sutherland), pero en su repertorio aparecen nombres que yo suelo asociar con mezzosopranos (como últimamente también se hace lo que se quiere con los registros de los personajes….vaya uno a saber). Meli es realmente un cantante muy joven y habrá que seguirlo muy de cerca. Por ahora, no me pareció tan perfecto: hay puntos nasales desagradables, una respiración que no le deja cantar fluidamente las agilidades de ‘Il mio tesoro’, no es un artista (aunque Octavio no sea el mejor rol para juzgarlo) y trata de insuflar vida al más anémico de los tenores mozartianos con el típico error de enfatizar los recitativos y tratar de sacar voz y agudos altisonantes donde no se los requiere (así estropeó la primera mitad de ‘Dalla mia pace’; la segunda fue ejemplar, o lo hubiera sido). Ulivieri es un joven pero ya veterano (el trabajo con Abbado ha dado claramente sus frutos); tiene un timbre penetrante aunque tal vez no de primerísima calidad, bastante personal, dice bien y se mueve mejor, aunque algún agudo ocasionalmente haya sido tensado al límite, y su Leporello fue en todo punto muy bueno. Había visto a Schrott en Florencia en mayo (pueden ir a confirmarlo), y hace un mes lo vi ahí mismo en I Lombardi (lo mismo, además de la entrevista que se acaba de publicar hecha en ese momento). Tenía extremo interés en ver en qué había afectado (o no) Verdi a Mozart (que yo creo compatibles, aclaro). De un teatro más bien pequeño y de prosa como la Pergola florentina al gran escenario y sala del operístico Carlo Felice, la voz se ha desarrollado de modo notable en volumen, manteniendo incólume la calidad de un timbre fascinante (‘signorina’ o ‘Là ci darem la mano’), el dominio del fiato (‘Fin ch’han dal vino’) y ha mejorado los recitativos (apenas quedan restos de la tendencia a hablarlos, en las frases breves intercambiadas con Leporello). En la segunda parte, yo hubiera deseado más seducción(y más media voz) en la ‘Serenata’ y un agudo menos prepotente en ‘Metà di voi qua vadano”, pero supongo que es porque el crítico tiene que encontrarle algo a todos… En cualquier caso, lo que yo no le conocía tanto era la ductilidad para haber dado una visión del personaje que no comparto, que me gusta menos que la de Florencia, pero en la que, o cree porque está convencido o se juega el tipo por responder a lo que el regisseur le pide: como sentido de la responsabilidad artística, más que notable. Espero que al menos el Solís uruguayo pueda contar pronto en algún momento con conciudadano tan ilustre.»

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Don Giovanni – Perplessità per Don Giovanni

Posted in Reviews (all), Reviews 2005 on December 31, 2005 by Giorgia

by Roberto Iovino (GdM)

«Applausi calorosi ai cantanti, contestazioni più o meno sonore alla regia. Questo il responso del pubblico, ieri sera al Carlo Felice, per l’inaugurazione della stagione con “Don Giovanni” di Mozart presentata in un nuovo allestimento del teatro genovese con la regia di Davide Livermore, le scene di Santi Centineo e la direzione d’orchestra di Julia Jones. Livermore ha ambientato la storia di Don Giovanni in una periferia degradata d’oggi. Ha voluto scene spoglie e costumi senza tempo e ha puntato su un libertino corrotto, violento, non a caso vestito quasi come in “Arancia meccanica”. Il mito di Don Giovanni, in effetti si presta a riletture varie, oniriche o crudamente realistiche. Livermore ha intuizioni interessanti: moltiplica le Elvire (gravide) a simboleggiare le tante ragazze sedotte e abbandonate in giro per il mondo, mostra nel fondo della scena la violenza a Donna Anna mentre questa racconta l’aggressione a Don Ottavio, rende duramente il tentativo di stupro ai danni di Zerlina. Scelte discutibli, ma sostenibili. Il problema è che si oscilla di continuo fra scene smaccatamente “melodrammatiche” (e parodistiche) nella loro finzione e un preteso realismo di stampo cinematografico, ottenendo una lettura, alla fine, squilibrata e più marcatamente comica. La direzione di Julia Jones, abbastanza puntuale, non riesce tuttavia ad aver ragione di una partitura incredibilmente ricca di sfumature, di morbido lirismo, ma anche di aggressività e violenza. Ottimi i cantanti dalle voci impeccabili e dalla presenza scenica ineccepibile. Si è ammirato Erwin Schrott in Don Giovanni, ha pienamente convinto Nicola Ulivieri in Leporello. Una piacevolissima sorpresa è stata costituita dal tenore Francesco Meli, Don Ottavio dalla voce elegante e calda. E poi le donne con l’eccellente Ildiko Komlosi (Donna Elvira), Svetla Vassileva (Donna Anna) e Marina Comparato (Zerlina). Completavano Ilya Bannik e Alex Esposito. Prima dell’inizio dello spettacolo tutte le masse artistiche con sovrintendente e direttore artistico, sul palco, hanno protestato contro i tagli al FUS.»

Don Giovanni – Ogni uomo è solo, con le proprie inquietudini

Posted in Reviews (all), Reviews 2005 on December 31, 2005 by Giorgia

by Francesco Rapaccioni (Teatro.org)

«È impossibile definire Don Giovanni soltanto nella sua partitura musicale o soltanto nella sua sostanza drammaturgica. Don Giovanni è soprattutto la fusione meravigliosa di questi due elementi, in un risultato di perfetto e straordinario equilibrio.

Hoffmann individuava come essenza del Don Giovanni e di Don Giovanni il mistero. Un carattere che sicuramente trova rispondenza in una parte della musica di Mozart, anche se questa valutazione ha avuto un riflesso in parte negativo, avendo creato una tradizione interpretativa che la qualificava come opera pesante.

Secoli sono passati, e non invano. Se ieri il mistero era nell’aldilà e nel finale in cui il Commendatore rapisce il protagonista e lo conduce con sé negli inferi, oggi il mistero è dentro l’animo dell’uomo, che rischia di essere schiacciato dai propri fantasmi, dalle proprie colpe e dalle azioni compiute, più o meno volontariamente, nel corso della vita. Ritengo sia questa la principale intuizione del regista Davide Livermore nell’allestire un Don Giovanni attualizzato che ha inaugurato la stagione al Carlo Felice. Dove alla fine il protagonista muore da solo, annientato dalla propria anima e dai fantasmi che lo hanno divorato dall’interno. Ma profondamente coerente e coraggioso, tanto da rifiutare di pentirsi, assumendosi fino in fondo la responsabilità del proprio agire. Di grande modernità, di forte efficacia scenica, comunque non in contrasto con il dettato mozartiano.

La Siviglia del Don Giovanni non è un luogo specifico, piuttosto è una città dell’Europa mediterranea, forse neppure una città reale, quanto un luogo della memoria, del desiderio, dell’incubo. Dunque ci può stare un luogo decontestualizzato, la periferia degradata di una qualsiasi delle nostre città, creata da Santi Centineo: un palazzo antico classicheggiante, una vasta scalinata, pozzanghere, relitti di archeologia industriale di lato, un muro in primo piano con graffiti e filo spinato, tombini. Un paesaggio di confini, manicheistici tra bene e male, sociali tra classi nobili e contadini, geografici tra campagna e città, etici tra vita e morte. Una scena che nel primo atto è piena delle “costruzioni” di Don Giovanni e nel secondo atto, quando il protagonista è chiamato alla resa dei conti, è desolata e vuota, proprio a causa ed in conseguenza del pieno che c’era prima, destando un senso percepibile di mancanza e di inevitabilità della morte.

Molte delle invenzioni di Livermore funzionano benissimo: Leporello tratteggiato come un topo di fogna; Donna Elvira che entra incinta e vestita da sposa, accompagnata da sue replicanti, a simboleggiare le tante ragazze sedotte e abbandonate da Don Giovanni in anni di comportamenti disinvolti; il banchetto è un atto sessuale, dove invece che i cibi sono i corpi ad essere bramati dal vorace Don Giovanni, mentre canta “Lascia ch’io mangi” e accarezza concupiscente corpi denudati di donne e uomini; lo svolazzante cavallo, proiezione degli incubi e materializzazione dei tormenti del protagonista; Masetto e Zerlina lunghi sulle scale come i giovani d’oggi nella scena “Batti, batti, o bel Masetto”; Zerlina con il capo in grembo a Don Giovanni in “Là ci darem la mano”; l’orchestrina di derelitti e barboni. Accanto a queste, altre soluzioni stilistiche mi hanno invece meno convinto, il mostrare la violenza su Donna Anna mentre questa la descrive a Don Ottavio, il crudamente realistico tentativo di stupro su Zerlina, immagini quasi cinematografiche, alcune stile Guerre stellari (i bastoni rossi). Insomma una regia intelligente ed interessante, utile soprattutto ad affrontare noi stessi, quando ci troviamo a fare i conti nel buio delle nostre stanze solitarie. E questo è l’unico insegnamento di Don Giovanni, prendersi le responsabilità delle proprie azioni e del proprio destino. Fino in fondo.

Contribuiscono a creare il fascino dell’allestimento i costumi senza tempo e senza luogo dei giovani Botto & Bruno e le luci di Maurizio Montobbio. Per quello che concerne la partitura, il problema principale che il direttore Julia Jones doveva risolvere era quello di individuare il punto giusto di equilibrio tra la freschezza e la leggerezza (le stesse di Nozze di Figaro) dell’azione musicale, senza rinunciare alla qualità ed ai colori scuri che pure lo spartito offre. Però la Jones ha diretto con eccessiva lentezza, a partire dalla mancanza di vigore della overture, e, seppure puntuale nell’esecuzione con una orchestra soddisfacente, non è riuscita a rendere tutte le sfumature di cui la partitura è ricca, non evidenziando abbastanza i passaggi squisitamente lirici e quelli più violenti.

Formidabile il cast, soprattutto dal lato maschile.

Erwin Schrott ha fornito una ottima interpretazione del protagonista, meglio della performance al Maggio. Dalla sua parte Schrott ha una voce splendida, una tra le più belle oggi in circolazione, che non teme assolutamente il confronto con i grandi del passato. Ascoltando Schrott cantare, chiudendo gli occhi, si dimentica che c’è una vita al di fuori del teatro e il tempo rimane sospeso. La scrittura vocale di Don Giovanni non presenta alcuna difficoltà per lui, quanto a tessitura ed estensione. La pagina più ardua, la seconda parte di “Fin c’han del vino”, viene affrontata con estrema sicurezza ed ottimo risultato, nonostante il ritmo sia rapidissimo e costringa a riprese di fiato fulminee e di fortuna, che però per lui sono agevoli e non appesantiscono assolutamente l’emissione. Così come, sempre nella stessa aria, è bellissimo il trillo rapido a voce piena. Non ci sono per Schrott difficoltà neppure sul versante stilistico-interpretativo, a partire dall’espressione dei recitativi, fino al legato ed alla morbidezza indispensabili in “Là ci darem la mano” e nella Serenata. Schrott canta “Fin c’han del vino” con mordente vivacità e “Metà di voi qui vadano” con tono sarcastico. Il fraseggio è sempre equilibrato e perfetta la dizione: ammorbidendo alcuni momenti in cui è un poco duro a favore di un più spinto lirismo, diverrà di sicuro il migliore nel ruolo. Schrott ha una bella presenza scenica e plasma perfettamente il nuovo Don Giovanni firmato Livermore, corrotto, violento, sopraffattore, infedele e libertino, con dentro un’ansia fortissima di vivere velocemente e di cogliere ogni opportunità, senza curarsi degli altrui sentimenti e senza rispetto per la sofferenza causata. Non a caso è vestito di nero, da bullo di periferia, da delinquente di Arancia meccanica, con quella mascherina nera sugli occhi. Insomma Schrott dà voce e corpo a un Don Giovanni totalizzante, che è solo ma al tempo stesso è al centro di tutto, spavaldo e coraggioso, baldanzoso e dominatore, ambiguo e inquietante, con la sua forza, il suo magnetismo, i suoi inganni, la sua fame di vita, il suo desiderio di morte.

Leporello è l’alter ego del protagonista, voce della sua coscienza ma anche lato oscuro dell’animo. Qui è un vero topo di fogna, che entra ed esce dai tombini munito di torcia sul capo stile minatore che nelle viscere della terra è in luogo abituale e familiare, privato di lazzi e gigionate sempre inutili. Nicola Ulivieri è stato formidabile, presentandosi in stile punk ed affrontando ogni aspetto della tessitura vocale del ruolo con risultati eccellenti, a cominciare dal Catalogo, dove si incontrano passi dello stile parlante più autentico, con le ribattiture della stessa nota che a tratti si aprono a brevi spunti di carattere arioso e fino alla scena del cimitero, dove la vocalità centrale dominante per tutta l’opera diviene sensibilmente più grave.

Francesco Meli è stato una sorpresa. Il suo Don Ottavio è apparso vocalmente perfetto. Ha affrontato facilmente i passi di agilità dell’aria “Il mio tesoro”, i cui vocalizzi relativamente semplici richiedono però lunghissime tenute di fiato: l’improvviso contrasto tra il suono centrale scuro e corposo e quello acuto emesso con timbro chiaro e dolce (quando la voce compie uno sbalzo per arrivare al la acuto) viene sfoggiato come un vezzo. Una interpretazione piena di eleganza ed amore sincero.

Giovane, vivace e spiritoso il Masetto di Alex Esposito, che accenna a un rap con le cuffie per la musica, ma ispira tenerezza e si lascia ammirare per la bella presenza scenica , la qualità della voce (raffinata e cesellata nella timbratura), la sicurezza nell’intonazione e nel canto, sia nel duetto d’entrata con Zerlina che nell’aria “Ho capito, signor sì!”. Esposito è esuberante (ma non troppo, quanto basta), mostra una estrema agilità in tutti i ruzzoloni e una incredibile mimica facciale, per cui è perfetto per il ruolo, sia vocalmente che fisicamente.

Bene anche il cast femminile, senza però arrivare al livello di eccellenza degli uomini. Impetuosa e veemente la Donna Elvira di Ildiko Komlosi, convincente la Donna Anna di Svetla Vassileva, brillante la Zerlina di Marina Comparato, una vera soubrette.

All’inizio tutti sul palco per protestare contro i tagli del Governo al FUS. Spiacevole e imbarazzante che qualcuno abbia fischiato, disapprovando l’iniziativa. Poi, per fortuna, lo spettacolo.»

I Lombardi alla prima crociata – Ejemplos en serie

Posted in Reviews (all), Reviews 2005 on December 31, 2005 by Giorgia

by Jorge Binaghi (Operayre)

«”El Maggio -como toda la cultura y en particular los teatros líricos- atraviesa una situación si no difícil, delicada”. Así comenzaba yo en mayo mi crítica del Don Giovanni florentino. De allí a aquí la situación se ha agravado y ha llegado un comisario “extraordinario”. No ha cambiado nadie ni ha dimitido nadie porque no se trataba de eso y porque hay claramente condiciones y situaciones que no se solucionan cambiando cada tanto tiempo de figuras (o simplemente cambiándolas de sitio como si se tratara de una partida de damas o de ajedrez). Y eso puede ser un primer ejemplo de la serie: dentro de la dificultad, o de lo negativo (la deuda del teatro), lo positivo.
Otro ejemplo, también “extra crítica” (sucede que uno deja siempre cosas fuera y se arriesga a comentar la última futileza sin mirar el conjunto): la segunda de las dos funciones comentadas comenzó en silencio. Se levantó el telón y aparecieron coristas y personal del teatro en su vestimenta cotidiana mientras en vez de los títulos se proyectaba una frase que decía “enmudecidos por los cortes de la nueva ley financiaria a la cultura” (en el intervalo se proyectaría uno parecido sobre la muerte de la cultura con estos recortes). La orquesta de pie -en su vestimenta habitual- y el público aplaudiendo. Tras cinco minutos comenzó la función, que se desarrolló normalmente pese a que la lluvia torrencial demostró que el teatro tiene goteras. Nadie se inmutó. Qué gran ejemplo de lo que se llama ser profesional y artista antes que burócrata en tiempos de inseguridad y crisis…
Y el otro ejemplo es haber elegido ese título raro y “menor” que es I Lombardi, que se había estrenado en su momento en La Pergola y en este teatro sólo se había dado en 1948, en el XI Maggio Musicale y con el protagonismo de Tancredi Pasero en la última etapa de su gloriosa carrera.
Tan menor ( o fotocopia desvaída de Nabucco) no será la obra desde el momento que Verdi la eligió para reelaborarla y presentarla como su primera ópera “en francés”. Pero el acierto no es sólo el de recuperar una obra aún relativamente rara del genial Verdi (que es más genial cuando, por las prisas o la relativa experiencia, tiene esos altibajos o caídas de inspiración que a veces rescata con una sola frase,sea vocal o instrumental…Para que luego se hable de la “gran cassa”..). Debo decir que este es un título que a mí me gusta particularmente por su ímpetu y porque logra maravillas expresivas y de concisión dramática con el texto no demasiado maravilloso de Solera, a veces contradictorio incluso en las ideas (que hoy podrían hacerla ejemplo de incorrección política -todos los momentos de los cruzados- o de progresismo -las invectivas de Giselda al final del segundo acto). Prácticamente no hay un momento muerto, aunque no todo sea oro en polvo.
Otro ejemplo, y más ejemplo, es asegurar para un título así una versión digna o más que eso, y no estableciendo de cualquier modo un reparto que luego ni siquiera se respeta. El único ‘error’ tal vez haya sido confiar la puesta a Curran, que es un artista inteligente, pero al que le gusta demasiado evitar lo trillado y se habrá frotado las manos con el material que le proporcionaban: así estuvimos en los peores momentos de esa absurda guerra de Irak que hoy se sigue desarrollando, los cruzados eran marines o cascos británicos, los musulmanos eran todos guerrilleros….Y en la Milán del principio -irreconocible; ni se sabía si era un lugar distinto de los siguientes- había sobre todo perforadoras de pozos petroleros, un estado policial y dictatorial en ropa moderna (que luego se abandona por una más convencional y una escenografía más bien kitsch del desierto-todo obra de Knight). Es cierto que los personajes aquí no son demasiado convincentes dramáticamente, ni demasiado profundos, y que la más interesante por los cambios que manifiesta -aunque no se sabe bien por qué- es Giselda. El caso es que, cuando no está el coro en escena, que parece ser la fuente de “inspiración” de los responsables de la puesta, las cosas mejoran, se mueven dentro de lo tradicional o casi sin demasiado sentido ni molestia, y un cuadro, el de la aparición del muerto Oronte, así como el del gran terceto, está resuelto con acierto. Lo estaría también el final si no fuera que luego de ese intenso -aunque musicalmente inferior al anterior- segundo terceto aparecen en marcha los cruzados con unas crucecitas blancas en las manos. Manejar bien el coro no significa hacerlos dar vueltas de cualquier modo para, llegado el momento, plantarlos de pie o sentados y dejarlos cantar en la más vieja ‘tradición’. El famoso ‘Gerusalemme!” (que el coro del teatro, como el resto, cantó de modo absolutamente fabuloso, preciso, fogoso y bien actuado, sin necesidad de leer la partitura en el foso y con extras en el escenario -otro ejemplo, fijense) parecía una excursión de turistas…Por supuesto, en la función vespertina, el emocionante ‘O signori dal tetto natío'(un canto a Italia que merecería más atención) tuvo que ser bisado…al nivel de lo que suele ocurrir con el ‘Va pensiero’ de Nabucco… Roberto Abbado, sin miedo por el apellido, dirigió con flexibilidad y sin exageraciones ni ‘delicadezas’ para hacer ‘perdonar’ la crudeza del lenguaje verdiano en muchos pasajes. O sea, hizo Verdi. Y la orquesta lo siguió perfectamente (los aplausos al violinista en el solo que preludia al gran terceto fueron justos, pero tal vez interrumpieron lo que no es sólo un ‘miniconcierto’ sino un marco dramático para lo que va a seguir después). Jamás apresuró los tiempos para lograr ‘color’ o ‘arrojo’, ni cedió a blanduras fuera de propósito.
Prestó atención a los cantantes, sin dejarlos complacerse más que lo que justo si es que alguno quería hacerlo. Las coronas de Vargas, por ejemplo, no fueron exageradas y encajaban en el personaje y en el estilo de canta. De paso, el mexicano, que no hizo nunca carrera por campañas mediáticas, exhibe una forma aún envidiable por el color, la extensión (con alguna tirantez en el extremo agudo en uno u otro momento), el fiato y la expresividad (que, en mi recuerdo, han crecido con el tiempo. El volumen no, pero es suficiente). Dimitra Theodossiou no tiene una voz bella y es especialmente metálica en el registro superior, pero no se me ocurre quién puede cantar hoy toda la parte con la misma gallardía y el dominio de las notas filadas para resultar igualmente convincente en el maravilloso ‘Ave Maria’ del primer acto (el primero de Verdi en la ópera) que en su gran escena del segundo acto, el dúo con el tenor y la escena de la visión. Tal vez, por el tipo de voz, lo que menos bien le caiga son los tercetos, en particular el justamente famoso “Qual voluttà trascorrere”, pero los resolvió con autoridad aunque alguna vez no controló alguna nota (demasiado poco para los pocos necios que en la primera de las ocasiones le dedicaron una pitada sonora al final acallada por el resto del público -ay, no demasiado numeroso en la función nocturna- y por sus propios compañeros). Katia Pellegrino fue una buena ‘Viclinda’, algo mejor que Schillaci, que a su vez fue inmensamente superior como’Sofia’ a Polidori. Los otros roles menores fueron discretos sin estar nunca por debajo del nivel de lo aceptable. Y hay que destacar a Marco Spotti que, con una voz no bellísima pero sonora, hizo de su Pirro mucho más que el breve esbozo de personaje que es en realidad. De los ‘segundos tenores’, o sea Arvino, Ghegghi fue poco convincente, y sobre todo en comparación con el timbre, la dicción y el brío de Pisapia (que cantó Oronte en el Colón y también alguna función aquí en esa parte).
Me he dejado para el final al que -pese al relieve de Giselda- es el verdadero protagonista de la ópera. El héroe negativo, el malo arrepentido, que hasta se llama Pagano. Será de una pieza porque primero es malísimo y después aparece ya convertido y santificado, pero es uno de esos personajes en los que Verdi no se equivoca: el personaje es lo bastante desagradable para que su primer aria (con cabaletta doble, dificilísma) no sea de las más cantables de Verdi (digamos que no queda en la memoria como ‘La mia letizia infondere’ del tenor ‘bueno’ o el ‘Ave Maria’ de Giselda o su extático ‘Se è vano il pregare”). Porque la situación no lo permite. Si uno dice “Sciagurata hai tu potuto…”, etc. y prepara un crimen y una venganza, está a leguas incluso del sueño de Atila. Pero este personaje en segunda escena en el desierto (ya sin cabaletta, pero con una sola frase que se las trae vocalmente) se mueve en otra esfera. Si al posterior Francesco de I Masnadieri se lo condena en nombre de los hombres, porque sólo tiene miedo y eso no alcanza para rescatarlo, a Pagano al final lo disculpan expresamente. La razón está en esa bellísima frase del primer acto “fue el amor el que decidió mi maldad” (en paráfrasis libre). Me permito perder el tiempo un poco en esto ya que no estaba preparado para la prueba mayúscula de Schrott (y yo no me entusiasmo con un cantante por sus orígenes; me hubiera encantado que Caruso y Gedda fueran argentinos, pero no lo eran y eso no los hace ni más ni menos grandes). Habiéndolo oído siempre en papeles de joven, por lo general mozartianos, con una incursión en el Colline de Bohème y en el Banquo de Macbeth, me preguntaba si daría la talla en volumen, extensión, estilo en los recitativos que requieren una fonación tan distinta a la de Mozart. La dio, y cómo. La voz se movió con comodidad del agudo al grave sin cambiar de color ni de volumen, la emisión pareció naturalísima. Y supo graduar la intensidad por ejemplo en los dos tercetos: en el primero sirvió de columna de apoyo a las vehementes intervenciones de Giselda y al lirismo de Oronte. Pero en el final el protagonista era sin duda él (todos somos protagonistas,en la hora de nuestra muerte al menos) y la sonoridad fluyó como el río que calma milagrosamente la sed de los cruzados. Pudo con la cabaletta y el dominio de la respiración que exige y, más raro aún, se lo oyó permanente en las escenas de conjunto. Por supuesto que su prestancia lo ayuda, pero la usó para dar vida al personaje de Verdi, no para lucirse (si lo hizo además para eso, está en todo su derecho, sobre todo viendo los resultados artísticos y musicales). Y se mueve, como siempre, con mucha naturalidad. Pero en este Verdi es más difícil lograrlo que en los grandes Mozart o en Colline o Banquo. Como es un hombre joven, no creo conveniente decir que ha llegado a la cumbre porque seguramente le queda aún mucho camino por delante, con roles más complejos (y difíciles, no sólo en lo vocal) que Pagano. Al que espero que vuelva alguna vez, pero si no ocurriera así, ya ha hecho suficiente por él con esta sola versión (no veo reposiciones de I Lombardi esperando en cantidades numerosas en ninguna parte; el Colón, como suele últimamente -un largo “últimamente”-, perdió otra oportunidad). Me parece que Verdi estaría satisfecho en líneas generales con la reposición y en particular con su protagonista.»

I Lombardi alla prima crociata – Crociate di ieri e di oggi

Posted in Reviews (all), Reviews 2005 on December 31, 2005 by Giorgia

by Elisabetta Torselli (GdM)

«Si è aperta con I Lombardi alla Prima Crociata la stagione del Teatro del Maggio Musicale Fiorentino. E’ di crociate, di “scontro di civiltà” che si parla, e dunque far finta di niente sarebbe forse impossibile. Ma l’attualizzazione, nelle scene iperstilizzate e in verità alquanto brutte di Kevin Knight, ha preso davvero la mano al regista Paul Curran, in un’orgia di tute mimetiche, truppe d’assalto, pellegrini con zainetto simil-Papa boys and girls, allusioni (nella famosa “battaglia” strumentale) alle torture di Ahbu Graib e Guantanamo, preoccupandosi il regista scozzese di esprimere la sua più che legittima posizione contro le guerre di oggi, ma restando fondamentalmente estraneo allo spirito del melodramma romantico, i cui nodi drammatici erano abbandonati ad una certa qual genericità di intenti e di espressione. Chi ha reso davvero giustizia ad una doverosa rilettura del giovane Verdi in tutti i suoi aspetti è stato Roberto Abbado, nell’infiocchettatura gagliarda e battagliera ma anche nel respiro romantico che può rendere ispirato ed emozionante il famoso chitarrone verdiano (ci è sembrata questa la dote migliore della direzione a partire dal grande concertato del primo quadro), nell’evidenza dell’isolato splendore di gioielli melodici come “La mia letizia infondere” e della sublimità di episodi come il terzetto Oronte-Giselda-Pagano, che spiccano in una partitura raramente “bella”, tutt’altro, ma carica dell’energia drammatica verdiana. Cast pienamente soddisfacente, in cui spiccavano Erwin Schrott, Pagano, con la sua voce di basso-baritono fresca e molto bella e la sua presenza scenica di impatto immediato (ma più credibile come fascinoso bandito che come eremita macerato nella penitenza), Ramon Vargas, un Oronte apparso senza pecche nella scienza del canto, e Dimitra Theodossiou, generosa e convincente soprattutto nello scatto eroico delle cabalette. Trionfo finale per il cast e il direttore e unanime, rumorosa e inappellabile condanna per la messinscena.»

Don Giovanni, un giovane seduttore alla Pergola

Posted in Reviews (all), Reviews 2005 on December 31, 2005 by Giorgia

by Sandra Salvato (La Nazione)

«Ha il colore della seduzione, e un basso che spalanca le corde vocali all’intraprendenza dei suoi anni. Giovane, anzi giovanissimo in anticipo sull’esperienza del mondo della lirica, il trentaduenne uruguaiano Erwin Schrott sarà Don Giovanni nel dramma giocoso di Mozart da domenica fino al 22 maggio al Teatro della Pergola.

Premiato dal pubblico e dalla critica, riconosciuto da Placido Domingo come una promessa ormai schiusa alle alte pretese del palcoscenico, Schrott conosce per la terza volta i panni del più celebre tombeur de femmes dopo aver rivestito i panni dell’alter ego Leporello nei debutti a Cagliari, Los Angeles e al Covent Garden di Londra.

Timbrica possente, segnale di vantaggio rispetto a un’erudizione occorsa precocemente per diletto, a sei anni il basso latino americano conosceva già i chiaroscuri del pianoforte e un’intensa predisposizione per il vocalizzo.

Distante mille miglia dal personaggio che fu suo all’Opera di Washington, quindi nella recente trasposizione al Teatro Regio di Torino per la regia di Michele Placido, «un’opera ferma, dallo sguardo lontano, focalizzata sull’interiorità», torna al protagonismo con la modestia di un «inesperiente», dove un sorriso e i placidi accenti di ripresa da parte del maestro Zubin Metha segnano l’ennesimo traguardo da raggiungere per ottenere la perfezione.

«Don Giovanni è assolutamente antipatico — marca il bell’interprete — per me è solo una recita, è teatro nella sua pura naturalezza». Sciogliendo dunque ogni affinità elettiva con il Seduttore, si fa largo il pensiero che l’indice fisionomico, tratti marcatamente latini e giocosa solarità, travisi un’asserita condiscendenza per ruoli ironici, divertenti.

Ad onor del vero, il dramma di Mozart, andato in scena per la prima volta a Praga nel 1787, condisce l’immaginario letterario con almeno un paio di spunti burleschi, dove il riso strappa lo sconforto che aleggia, fino alla punizione inevitabile, per tutta la vicenda.

«Mi piace far ridere — dice Schrott — e mi disturba l’idea forte che già dalla scena iniziale si scopra la vera natura del personaggio, praticamente un violentatore. Tuttavia sono convinto che l’unica cosa a cui Don Giovanni è interessato è farsi notare come un diverso, una persona che in realtà non ha nessun scopo sessuale».

E’ dunque lo scandalo che pilota, secondo il protagonista, i bassi intenti del Seduttore, ripagato sul finale da una nemesi divina che riporta tutto alla normalità. Una versione questa, che tra romanzo, commedia e tragedia, si annuncia forse più vicina all’esegesi dell’opera, dove i diversi registri teatrali camminano paralleli ai tanti giochi di ruolo e alla varietà della partitura musicale.

E quando Schrott ammette «interpreto la parte come la farebbe un ragazzo della mia età», c’è da credere che mai nessuna rappresentazione fino alla prima dell’8 maggio, avrà attualizzato più fedelmente l’azione dapontiana, evidenziato una tipologia caratteriale o fatto del retorico ma elegante fraseggio uno stilema della società odierna.

Appassionato di tango, da anni in Italia, il giovane Erwin tornerà al Covent Garden per trasformarsi poi in Figaro ne Le nozze di Figaro a Los Angeles, a Londra e alla Staatsoper di Vienna.»

Don Giovanni tra broccati e fichi d’India

Posted in Reviews (all), Reviews 2005 on November 30, 2005 by Giorgia

by Isabella Maria (GdM)

«Con uno splendido cast diretto con mano sciolta da Gianandrea Noseda, debutta a Torino l’attesissimo Don Giovanni firmato, alla regia, da Michele Placido. Ed è, soprattutto, una gran festa di musica: Mariella Devia nei panni di Donna Anna e Barbara Frittoli in quelli di Donna Elvira sono quanto di meglio si possa desiderare, per dolcezza, nobiltà, profondità di sentire drammatico e musicalità, oltre che, naturalmente, per la pura bellezza delle loro voci. Degni comprimari Erwin Schrott nel ruolo di cartello, il brillante Leporello di Nicola Ulivieri, la spiritosa Zerlina di Laura Cherici, e poi Massimo Giordano (Don Ottavio), Mario Luperi (il Commendatore), Fabio Maria Capitanucci (Masetto). Peccato che gli interpreti tutti (con l’eccezione di Ulivieri, perfettamente a suo agio nel comunicare le sottigliezze del personaggio), nel muoversi sul palco diano l’impressione di non saper bene che fare, dove guardare, come tenere le mani. Al dramma musicale così ben interpretato, non pare corrispondere insomma una visione teatrale altrettanto azzeccata: il lavoro di Placido, che sposta l’azione in un imprecisato Sud di inizio Novecento, il cui segno più riconoscibile sono dei gran fichi d’India in vaso, è tutto incentrato su un’idea rigidamente funebre della vicenda e dei suoi attori, avvolti dall’inizio alla fine in pesanti drappi di broccato e immersi in una luce livida, notturna, interessante sulle prime, ma alla lunga monotona e ben lungi dall’esprimere la vitalità inarrestabile e sanguigna dell’opera. Alcuni passaggi sembrano semplicemente sbagliati: la posizione dei cantanti durante l’aria di donna Elvira nel I atto, la statua del Commendatore in forma di immobile angelo, l’invito collettivo a cena che snatura il carattere della sfida che sta al cuore del dramma, cancellandone ogni carica blasfema. E per quanto sia pronto a cogliere qua e là i passaggi più francamente comici (quel “Pazzo!” di don Giovanni a Leporello, quando questi lo invita a lasciar perdere le donne, o la precipitosa fuga dello stesso Leporello che raggiunge il suo padrone al cimitero), con il continuo insistere sul pedale del presagio di morte, Placido finisce per deprivare il protagonista proprio di quella statura eroica, da irriducibile scommettitore, che avrebbe inteso invece sottolineare. Caldissimo sucesso alla prova generale di domenica pomeriggio, ripetuto alla prima di ieri sera.»